En una desvencijada citroneta recorríamos el tramo de la carretera panamericana que une San Bernardo con el centro de la ciudad. En el vetusto vehículo francés viajaba mi padre, su amigo Pato Barahona y yo, que a la fecha contaba con seis años. Era la última semana de septiembre de 1973 y hacía días que no salía de mi casa, por esto mi padre decidió que lo acompañara. Yo, que miraba por la ventanilla empañada de la citroneta, pude Crónicas en Citroneta
ver las desteñidas carpas de los gitanos a un costado de la carretera, luego campamentos con casas de cartón y madera que la gente forraba con plásticos para soportar mejor las inclemencias del tiempo, y más allá se extendía un horizonte de potreros de pasto verde del cual brotaba la bruma matinal. La cordillera aún conservaba algo de nieve y le daba un aspecto bucólico al cuadro. Casi no se veía gente y las pocas personas que circulaban, parecían ensimismadas y medrosas. No se advertían grupo de personas conversando ni detenidas. Más bien parecía que todos se dirigían a algún sitio, muy apurados.
La citroneta se detuvo en un control policial a las afueras de San Bernardo. En ese lugar existía una plaza de peaje y dos carabineros se acercaron. Mi padre y el Pato se bajaron y mostraron sus documentos y un salvoconducto, luego abrieron la maleta y una brisa helada se apoderó del interior de la citroneta. (Desde el asiento trasero) Pude ver al Pato Barahona mientras sostenía la puerta de la maleta con un brazo en alto. Un carabinero observaba con ojos inquisidores, llevaba casco de acero, guantes de lana, un fusil ametralladora colgado al hombro y en el brazo derecho tenía un extraño brazalete con flores que le daba un aspecto extraño. Nos indicaron que podíamos seguir.
Al pasar frente al cementerio metropolitano se advertía un gran alboroto y el Pato bajó la velocidad. Los bomberos lavaban el suelo donde se apreciaban sendas manchas oscuras, que luego supe eran de sangre. Algunos bomberos realizaban su labor de forma estoica, casi ausentes; otros tenían esa actitud cómplice y baja de los lacayos que asisten al verdugo, fumaban entre risas y conversaban animadamente con la patrulla militar que supervisaba la limpieza. Noté que los militares también tenían esos extraños brazaletes floridos.
Mi padre y su amigo comentaban sobre lo sucedido. Fue la primera vez que escuché la palabra “fusilados”. El Pato esquivaba los hoyos de la carretera con la maestría del que ha andado y desandado el camino mil veces, mientras -con su particular suspensión- la citroneta parecía flotar sobre el asfalto. Luego prendió un cigarrillo y mi padre protestó, pero el Pato parecía no oírlo. Dio un par de caladas, arrojó el cigarrillo por la ventanilla y luego dijo:
- Está la cagá compadre, los milicos están matando gente, hay detenidos en los estadios y todos los días es lo mismo. Anteayer, había varios muertos frente al cementerio metropolitano, en las poblaciones sacan a los trabajadores por la noche y no aparecen más. Mi primo me dijo que en Valparaíso están metiendo detenidos en los barcos de la armada.
Prendió otro cigarrillo y mi padre lo miró perplejo, pero esta vez no dijo nada. Yo miraba el techo oxidado de la citroneta y pensaba:
- ¿Dónde estará “el Chicho”?
Todo comenzó para mí al cumplir 5 años, en octubre del 72. El gobierno popular autorizó el ingreso de niños de 5 años a la educación primaria y el año siguiente mi madre me matriculó en la nueva escuela del barrio. De esa forma, y forrado en una cotona de color marrón, ingresé a mi primer día de clases en la escuela fiscal Nº 8, de la República Socialista Soviética. Luego de algunos berridos y llantos me quedé junto a otros niños a cargo de un joven profesor, del que no recuerdo su nombre pero se apellidaba Gabella. En cuanto nos presentamos, caí en cuenta que tendría muchos nuevos amigos. Pronto se acallaron los llantos y quedaron definitivamente olvidados cuando el profesor nos relató la fábula de la garza y el zorro. Terminamos el día con una serie de juegos infantiles. Al día siguiente, de la mano de mi madre, me dirigí al colegio todavía con algo de tristeza, pero con expectación: el profesor se había comprometido a darnos un tour por la escuela, que era para nosotros una novedad y como todo lo nuevo, una aventura.
Los muros del colegio estaban pintados con murales de la Ramona Parra, las figuras luminosas de obreros, mujeres portando pancartas y mineros con lámparas en los cascos y enarbolando banderas, eran una auténtica alegoría de colores y formas que te invitaban a soñar e iluminaban cada rincón. Había música instrumental de Inti Illimani y el Quilapayún en el ambiente y en un mástil ondeaba la bandera chilena, junto a otro más pequeño, donde se mecía la soviética. Recorrimos los laboratorios, los comedores y la cocina, donde unas auxiliares nos regalaron galletas de avena y leche en unos tazones de plásticos de un color que nunca pude definir. Más tarde seguimos por la sala de profesores, una sala enorme que ocupaba la mitad del pabellón de administración. Había allí una mesa rectangular rodeada de muchas sillas de madera, un proyector y un telón, un gran globo terráqueo y el mapa de Chile con sus símbolos patrios. Las fotos de O’Higgins, Carrera y Rodríguez, decoraban el muro del ala sur y en el muro del ala norte pendían tres fotografías de gran tamaño, pero yo no había reparado en ellas, embelesado como estaba mirando el proyector, que me parecía un artilugio espectacular. La risa del profesor y de otros de sus colegas que habían entrado a la sala, me sacó de mi contemplación y pronto comprendí el motivo: una de mis compañeras confundió la fotografía del comandante Guevara con Cantinflas. Los retratos de Fidel y el Che flanqueaban la imagen oficial de Salvador Allende y mientras yo miraba a esos desconocidos personajes, mi compañero Miguel preguntó por los señores de los retratos. El profesor nos contó que uno era el presidente de Cuba, una nación caribeña que nos señaló en el globo terráqueo. El otro, dijo el profesor, fue el más heroico de sus comandantes, pero ya falleció y el señor de la fotografía más grande es el presidente de la república de Chile, el compañero Salvador Allende.
Nuestro tiempo en la escuela era cada vez más interesante. Las visitas a los museos y las proyecciones de diapositivas con los viajes de nuestro profesor, nos abrían una ventana al mundo. Era 1973 y los televisores escaseaban, pero teníamos muchos libros con gráficas y bellas fotografías. El profesor Gabella se había convertido casi en nuestro hermano mayor, jugábamos con él en los recreos y no le dábamos un minuto de paz.
Una mañana de septiembre ese mismo año, apareció por mi casa el tío Walter, que siempre vestía de traje, era muy alto y tenía ese aspecto de gringo que tienen todos los primos de mi madre. Aparecía de tarde en tarde, con una caja con mercaderías que conseguía en el mercado negro. A esas alturas, en los almacenes que aún sobrevivían en nuestro barrio, no quedaba nada. El tío, en cambio, vivía en el barrio alto de la ciudad, un sector de gente acomodada, que nunca tuvo carencias y que no sabía de colas ni privaciones.
Mientras yo escarbaba la caja en busca de la leche condensada y la cocoa Raff, que eran una delicia para mí, pude escuchar que decía a mi madre que algo iba a ocurrir, que las cosas estaban muy mal y que el levantamiento era inminente, de manera que lo mejor era no mandar los niños a la escuela.
El lunes siguiente no asistí a clases. La mañana del martes amaneció nublada y, como no estaba asistiendo a la escuela, me quedé en cama hasta más tarde. Mi hermano estaba en la cocina con mi madre, preparando panqueques de dulce de leche y mi padre escuchaba la radio en su pieza, porque un accidente que le daño la mano derecha lo mantenía en casa con licencia médica. De pronto, escuché a mi padre gritar, “¡Está hablando Allende… van a bombardear la Moneda!”.
Me levanté y me reuní con mi hermano en la cocina, mientras mamá fue con mi padre a escuchar la transmisión radial. Entonces mi hermano tuvo una idea descabellada: se le ocurrió romper la ventana que comunicaba la casa con el local de la carnicería. Me miró y me dijo:
- Saquemos los cuchillos de la carnicería, ¡hay que defenderse!
- Dejen eso, dijo mi madre.
Y, sin inmutarse mucho por lo que estaba sucediendo, siguió con la confección de sus panqueques de dulce de leche.
Unos meses antes, don Alfredo -el padre de mi amigo Miguel- fue a la escuela a cambiar un vidrio que habíamos quebrado jugando con una pelota. Era un tipo amable que, según supe con el tiempo, trabajaba en la maestranza de ferrocarriles de San Bernardo. Ese día me pasó a buscar mi hermano Patricio, que estaba en un curso superior, porque mi madre estaba en Santiago intentando conseguir tela para confeccionarnos pijamas. Don Alfredo se ofreció a acompañarnos, pues debía comprar en la carnicería que quedaba junto a mi casa. Por el camino saltábamos por los charcos que dejó la última lluvia, en los que se apreciaban esas figuras luminosas que provocan las gotas de combustible o lubricante de automóvil y reflejaban una película prismática sobre la superficie. Miguel y yo brincábamos sobre ellas, pero era una lucha inútil pues se deshacían y se volvían a formar. Al llegar a la carnicería nos pusimos a jugar con el aserrín que don Pedro, el carnicero, ponía en el piso en los días de lluvia. Fue ese día cuando tomamos conciencia de la existencia de “el Chicho”. Don Pedro decía:
- El Chicho tiene que meter presos a todos estos momios, compañero. Es el único que puede salvar al pueblo.
El ruido estridente de la sierra de cortar carne no nos permitía oír con claridad, pero don Pedro dijo algo espeluznante que se escuchó por sobre el horrible ruido de la sierra.
Don Alfredo contestó:
- Si no fuera por Prat y porque el Chicho se puso firme, los tanques entran en La Moneda.
- Y detrás entran los momios y el gobierno de la U.P. se nos viene abajo, compañero. El Chicho tiene que hacer algo para detener la asonada de los momios, respondió don Pedro.
Miguel me miró impresionado. Esto que decía su padre era extraño, había un misterioso personaje al que llamaban “el Chicho” que, al parecer, era el único que podía salvar al pueblo, según decía don Pedro. Estaban también los “otros”, esos que venían detrás de los tanques, a los que llamaban “los momios”, que no sabíamos quiénes eran. . . ¿Y qué hacía Prat deteniendo los tanques? ¿Acaso no había muerto en Iquique?, el profesor Gabella nos dijo eso y hasta hicimos un acto para el 21 de Mayo. Salimos de la carnicería resueltos a averiguar de qué se trataba todo ese misterio.
La mañana siguiente Miguel me contó que ante sus preguntas sobre qué era el pueblo y la U.P., su padre le dijo que pueblo éramos todos los ciudadanos de la patria, y que la Unidad Popular, era el gobierno del pueblo, encabezado por el primer trabajador de la patria, el presidente Salvador Allende. Yo, por mi parte, hice averiguaciones con mi hermano Patricio, que siempre tenía las respuestas acertadas y sabía muchas cosas, arreglaba mi tren a cuerda y todo lo que se descompusiera, diseccionaba ranas para hacer sus experimentos, fabricaba curiosas maquinarias con su juego mekano, me defendía cada vez que me metía en problemas y fabricaba las mejores cabritas de maíz azucarado. Cuando le pregunté qué eran “los momios”, él me dijo que debían ser como las momias, que eran sujetos muertos horripilantes envueltos en telas y harapos, de aspecto terrorífico, que poseían una fuerza demoledora y que él las había visto en sus historietas. Me quede aterrado.
Los tanques me los mostró mi amigo Alfonso, en una enciclopedia de la segunda guerra mundial. Lo de Prat, sin embargo, nunca llegamos a entenderlo.
El Pato Barahona enfiló la citroneta por Avenida Matta y nos dejó en un estudio fotográfico donde mi papá tenía que revelar unas películas. Luego caminamos hacia el casco histórico de la ciudad...
A la distancia vimos La Moneda bombardeada. Innumerables patrullas militares recorrían las calles y se apostaban en las esquinas montados en sus jeeps verde olivo, armados de fusiles y ametralladoras que le daban a Santiago un aspecto de ciudad devastada, muy parecida a las imágenes que aparecían en la enciclopedia de la segunda guerra.
Los primeros días de octubre regresamos a la escuela. El golpe fue brutal, el mundo no podía cambiar tanto en dos semanas ¿Dónde estaban los murales de la Ramona Parra? Ahora todo era blanco y gris. En la sala de profesores, la foto del presidente Allende y sus amigos habían sido cambiadas por las fotos de cuatro señores de aspecto severo. Tampoco estaban José Miguel Carrera ni Manuel Rodríguez. Sonaban por los parlantes exteriores marchas militares y desapareció la bandera soviética, que fue sustituida por una de la fuerza aérea, que -supimos más tarde- apadrinó nuestra escuela, que ahora se llamaba E-754. Teníamos una nueva profesora que venía del norte y nos enteramos por mi hermano que al profesor Gabella se lo habían llevado detenido los militares, por comunista y revolucionario.
Miguel me contó que su padre perdió su trabajo, que estaba en casa de su tía, que pronto se reunirían y se irían a Suecia. Que según escuchó, el presidente Allende y “el Chicho” murieron en La Moneda, defendiendo el gobierno de los trabajadores.
Yo le hablé sobre lo que le escuché decir al Pato Barahona a mi padre en la citroneta, que pude ver La Moneda destruida, que por las noches escuchaba el ruido de los camiones que pasaban frente a mi casa llevando detenidos al cerro Chena, según lo que contaba una vecina, que era la esposa de un militar, eran prisioneros e guerra upelientos.
Miguel y yo nos sentíamos poseedores de un gran secreto que habíamos descubierto mientras jugamos a fabricar torres de aserrín en una carnicería del lado sur de Santiago.
Luego de algunas semanas, no supe más de Miguel. Se esfumó como un amigo imaginario. Don Pedro cerró su carnicería, tampoco lo volvimos a ver. Mi casa se llenó de libros que amigos de mi padre traían para deshacerse de ellos, quemándolos en el patio dentro de un tambor de aceite.
El ruido pavoroso de las ametralladoras en el cerro Chena no cesó hasta que dejaron de pasar los camiones frente a mi casa. El señor Macarini, vecino de mi cuadra, allendista y suboficial de la fuerza aérea, fue sacado a patadas de su casa por sus propios compañeros. Años después regresó, con el pelo completamente blanco. No era ni la mitad del hombre que yo conocí, se veía acabado y se convirtió en un ser huraño y retraído. Nunca más lo oí decir una palabra ni acercarse a nadie. La última vez que lo divisé, estaba sentado en un escaño frente a su casa, llevaba unos calamorros de un negro desteñido, rotos y sin cordones, vestía un raído capote azul de la fuerza aérea, el pelo enmarañado y una gorra gris; parecía un prisionero de Auschwitz y tenia esa mirada inaccesible de los condenados, como si observara un barco que se pierde en el horizonte. Un día desapareció, como tantos otros.
Con los años fui armando el cuadro y quince años más tarde, en el invierno de 1988, en un pequeño pueblo del sur de Chile, momentos antes de acometer una acción en contra de la agónica dictadura, el compañero Néstor gritó… ¡Allende vive!.
- ¡El Chicho también!, le contesté.