LA GASA ROJA
Los cascos del alazán, levantaban agujas de hielo sobre las heladas calles del pueblo, el jinete tiro las bridas y desmonto. Luego ató su caballo en la tranquera, lo dejo junto al jamelgo pilchero que llevaba de tiro y se dispuso a entrar en la pulpería del irlandés. La mampara rechino y el sonido de una campanilla estridente anunció su entrada en la tienda, tras un mostrador, un viejo irlandés llamado Abban, de rostro purpúreo y mofletudo cargaba su pipa Dublín, luego acerco un cerillo a la cazoleta y le dio sendas chupadas, entre las volutas de humo, saludo al recién llegado, - miren nada mas, ya sabía que regresarías antes del invierno, ¿ cómo va la construcción de la cabaña?, ¿ queda algo de oro en ese arroyo?, pregunto el viejo Abban, el trampero le sostuvo la mirada y asintió con desgano, luego extrajo una lista de víveres del bolsillo delantero de su raído anorak de piel de guanaco y la dejo sobre el mostrador, Abban cogió el trozo de papel marrón, Y después de escrutarlo con detención comenzó a despachar la lista, mientras fumaba y arrojaba escupitajos sobre el suelo de tierra apisonada.
En el tosco mesón de roble, se fueron acumulando, bolsas de harina, una lata de manteca, arenques secos, diversos encurtidos, tabaco, cerillas, latas de kerosén, municiones para la carabina Remington 1871, un olla de hierro fundido, clavos, varios metros de cuerda, latas de leche y diversos objetos y herramientas. Mientras Abban terminaba de chequear la lista, el trampero observaba embelesado unos objetos en el escaparate, luego de un momento, escogió un pequeño caballo tallado en madera, una muñeca del mismo material y un collar nativo de plata, los envolvió en un trozo de gasa roja y los guardo en el bolsillo frontal de su anorak de piel. Antes de retirarse, le confió al irlandés una carta para que la estregase al correo que pasaba cada mes por la estancia, este ejercicio epistolar unilateral se repetía cada vez que se abastecía de víveres, iba con destino al N° 10 de South Street, Park Lane, Londres Inglaterra, más una pequeña bolsa con polvo de oro indio. Abban la cogió y pulsándola con su mano calculó su peso, será más que suficiente -dijo el viejo irlandés- mientras pitaba su pipa con fruición.
El trampero estivo la carga sobre el caballo pilchero y ató este por las bridas a su cabalgadura. Ya estaba montado cuando el viejo irlandés se asomo al dintel de la puerta y señalándolo con la boquilla de la pipa le dijo,- ve al sur, nada te espera allá en la tundra, un día ya no regresaras, en el sur puedes cazar castores, pagaran bien por las pieles en primavera, en fin… Recuerda que un hombre prudente no orina contra el viento-. Seguido golpeó la pipa en el pasamano para liberar cualquier brizna de tabaco de la cazoleta dejando un rastro de cenizas calcinadas sobre la madera húmeda, el trampero le dirigió una mirada torva, subió el cuello de su anorak de piel, luego se acomodo en la silla giro el alazán y espoleando con suavidad en los ijares se alejo al trote corto hacia la tundra, mientras, en viejo Abban alzando un brazo se despedía, ¡god save the Queen y a la puta que la parió! - Profirió el viejo irlandés-.
La travesía se hizo eterna, ya no estaba tan joven, había andado y desandado ya muchas veces esas sendas desde que llego a las soledades de Navarino. Los carámbanos de hielo caían como racimos a su paso por el bosque y las ramas de las Lengas muertas se desgarraban por el peso de la nieve provocando un ruido estruendoso. El silencio amplificaba el acompasado traqueteo de los caballos sobre la tierra congelada, la gélida brisa lo obligaban a ocultar el rostro bajo el ala del sombrero.
Al llegar a su destino, se reencontró con la cabaña a medio construir, el próximo invierno estaría terminada, el resto era esperar. Dejo una nota en la pulpería del irlandés Abban, indicando el lugar exacto donde se situaba la cabaña, con la esperanza cubierta de telarañas.
El arroyo se encontraba parcialmente congelado y parte de su curso corría bajo un grueso y cristalino manto de hielo, el verde del bosque contrastaba con la cabaña de piedras y troncos de lenga, la niebla se había disipado y se podían ver los contrafuertes cordilleranos cubiertos de nieve tras una bruma azul al fondo del valle. Mientras descargaba los bultos del pilchero, advirtió que tenía las manos heladas, luego de terminar la faena, preparo café directamente sobre el fuego, lo tomo sin azúcar como era su costumbre, con el humeante jarro de latón entre las manos, observo el paisaje que parecía pintado sobre un lienzo, el alazán piafò y caracoleo nervioso, mientras el trampero seguía viendo a la distancia, una bandada de gansos levantó el vuelo graznando estrepitosamente, un segundo mas tarde un estampido violento corto el frío en dos mitades, la detonación salió de lo profundo del monte y el trampero se desplomo como las ramas desgarradas por la nieve. Desde el suelo frío, percibió sombras que se desplazaban como espectros y hurgaban entre sus pertenencias, el ruido serpenteante del arroyo bajo su manto de hielo, el sutil movimiento de las constelaciones, los ecos telúricos de las profundidades abismales, el aletear de un carancho que emprendía el vuelo, y una voz que parecía alejarse y decía,- “rápido rápido, son demasiados víveres para un jinete solitario”-.
El viejo irlandés, lo encontró dos inviernos más tarde congelado sobre la tierra yerma, Abban pensó en el derrotero indescifrable del hombre que yacía muerto a sus pies. Hacía ya seis lustros que se acento en la isla de Navarino cerca del lago Winhdon. Se comentaba que la extensa cicatriz que surcaba su garganta de parte a parte, se debía a una lanza de la caballería cosaca que le hirió el 25 de Octubre de 1854 en la batalla de Balaklava, mientras cargaba con la brigada ligera contra las oscuras bocas de los cañones rusos que vomitaban metralla incandescente destrozando hombres y caballos . Herido y desangrándose fue abandonado en un lazareto turco, sobrevivió a la disentería y el escorbuto entre el hedor de las heces, la gangrena y los montones de brazos y piernas amputadas después de la batalla. Sus innumerables cartas iban dirigidas a la señorita Florence Nightingale, que fuera su enfermera en la guerra de Crimea, y de quien se enamoro cuando frisaba los 17 años entre los delirios febriles y los espeluznantes alaridos de los hombres mutilados que resonaban a orillas del mar negro. De la cabaña solo quedaban un montón de troncos carbonizados, no había señales de su carabina Remington, tampoco estaban sus caballos ni su facón criollo.
Abban seco el sudor de su frente con la bocamanga de su abrigo, luego siguió cavando la fosa, al concluir su lóbrega faena, extrajo un trozo de papel manchado de humedad que guardaba en el forro de su sombrero Stetson. Era la nota que indicaba la ubicación de la cabaña, la misma que se cubrió de polvo en la vidriera de su tienda esperando el quimérico arribo de Florence, a quien en la semiinconsciencia al despedirse en el puerto de Sebastopol, le prometió construir una vida nueva en el extremo meridional del continente sudamericano, lejos de Europa y sus guerras intestinas, la doblo y la puso en el bolsillo frontal del anorak de piel de guanaco del muerto, junto a una desteñida gasa roja que le entregara Florense en su despedida hace cuarentidos años, y que envolvía, un pequeño caballo de madera, una muñeca del mismo material, y un collar nativo de plata.